Vídeos de Ernesto Ortiz

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viernes 16 de diciembre de 2011

SINO, acto para tres fantasmas y una casa

¿Un cuerpo o una propuesta de movimiento específicos pueden habitar en cualquier espacio y convertir ese lugar y ese momento en un hecho escenificable? ¿Puede un cuerpo público convertirse en privado, o puede un cuerpo o una actividad privada convertirse en públicos?
A partir de éstas preguntas, me planteo la posibilidad de establecer un mecanismo de trabajo colaborativo, entre la danza y el vídeo, que pretenda –de alguna manera- desacralizar el hecho escénico como tal. Es decir, en los confines de la modernidad y los estertores transcoloniales, ¿cómo es posible asumir el valor de lo que puede ser llevado al ámbito público, con pretensiones artísticas?
En un momento histórico en el que la mediatización de lo privado se erige como la única certificación posible de validez y de existencia, ¿cómo consigo entender los juegos y los diálogos que pueden establecerse entre un performer y un espacio privado y cotidiano? ¿cómo consigo impugnar los ideales de belleza, espectacularidad, arte y estética?
Este proyecto pretende colocar en un entorno privado (una oficina, una habitación de hotel, una cocina familiar, un dormitorio ajeno) a tres artistas escénicos que lo habiten y lo vivan, sin alterar –en la medida de lo posible- ese lugar. Y registrar esa intervención en una proyección simultánea que sea observada en el exterior del lugar.
No pretendo encontrar respuestas ni conformar un todo coherente. Creo que precisamente en la fragmentación y en los intersticios de ese hecho, se pueden hallar fragmentos de conocimiento que me interesa no estructurar, ni alinear en un discurso moderno, occidental y apegado al poder. Sino, por el contrario, encontrar (o intentar encontrar) un conjunto de ideas o sensaciones que, como en un juego óptico, se me ofrezcan más claras, si cambio el foco de mi mirada.
“Sino” fue parte de la Plataforma de Arte Contemporáneo “Cuarto Aparte”, en Cuenca, durante su última edición.

jueves 17 de marzo de 2011

Narciso, 2011

Asumiendo que el cuerpo es pensado siempre a partir de un discurso específico (fisiológico, psicológico, artístico, etc.), y que todas sus representaciones refieren a este discurso; la pregunta que me hago es ¿cómo puedo plantear una propuesta sin asumir, ontológicamente, un relato escénico que (como el cuento y el mito) busque explicar o dar cuenta simbólica de una problemática específica, que busque organizar en un discurso cerrado y concluyente sobre tal problemática?

La danza como tal fue concebida como producto de la concepción cartesiana del cuerpo, de la aplicación de reglas uniformes, de la eliminación de expresiones singulares, y de la sumisión de las particularidades a leyes homogéneas y universales, a reglas fijas y estandarizadas. Fue de esta forma que la danza académica creó un sistema de organización que subordinaba lo individual a normas racionales colectivas por medio del disciplinamiento de los cuerpos. (S.Tambutti)

Esta concepción de un cuerpo efectivo y obediente, también se extendió a las creaciones que pretendían dar cuenta de un cuerpo “transmundano”, dejando atrás el cuerpo terreno, para explicar y validar los grandes discursos del poder, los metarelatos. Evidenciando que no hay discurso sin poder, y que la creación de las obras clásicas buscaba explicar de manera concluyente y satisfactoria los requerimientos racionales del hombre, el mundo y sus problemáticas.
Por otra parte, el mito como tal, busca explicar una parte del mundo o de la historia del mundo que no puede ser entendida de manera racional. Y hacerlo de una manera verbal. Así, le confiere, con su aparecimiento, una justificación –un entendimiento racional, cartesiano- a las realidades caóticas que pueden ser el universo y el cuerpo.

Es de suma importancia el notar que la verbalización del problema, entendida como una explicación verbal (oral o escrita) del mismo, otorga una forma racional de acercarnos y resolverlo. De resolver y terminar. De concluir y justificar. De nominar.

Para de esta forma, resolver definitivamente el enfrentamiento entre los opuestos (Levi-Strauss apunta como una de las partes constitutivas del mito la reconciliación de los contrarios, para terminar con la angustia del hombre).
Esta conciliación del problema se hará siempre dentro de una estructura lineal y concluyente que permite al hombre, “entender” siempre desde su racionalidad lo que no puede ser entendido como normal.
Una estructura que en el sentido aristotélico del teatro, reproduce un esquema de existencia que concilia, que resuelve, que entiende, que justifica, que categoriza, que recompone, que clasifica, que organiza el mundo y sus misterios (en nuestro caso, el cuerpo y sus misterios). Convirtiéndose así en un asidero existencial, como explica Rollo May.

Es interesante, además, notar la cualidad fantástica y la magia del mito que, a diferencia de la fábula, no es tan evidente como la moraleja implícita en la misma. Y es precisamente en esta diferencia en la que también busco una referencia con mi propuesta: la estructura escénica no necesariamente tiene que dar una respuesta, una conclusión, ni mucho menos una verdad definitiva.

A partir del mito de Narciso, me propongo encontrar una secuencia de imágenes que puedan ser ordenadas de manera aleatoria y fragmentada. Busco, principalmente, encontrar (o dejar que el espectador encuentre) una coherencia particular dentro de esa fragmentación.

Los procesos anteriores como creador me han llevado por un camino al que siempre he podido observar. He escuchado y visto los cambios, los giros y las vueltas de tuerca que han tenido mis obras en su estructuración, y he tomado las riendas en el momento preciso para volver al eje paradigmático de la misma. Es decir, he controlado el rumbo.

En esta oportunidad, me propongo únicamente exponer aleatoriamente (cosa que no sé exactamente cómo voy a conseguir, pues hay siempre un esquema de trabajo que se vuelve necesario para llegar a algún punto) las imágenes fragmentadas que se encuentren. Como si el espectador estuviera en un cuarto oscuro, con una linterna defectuosa en la mano y que solo alumbra por momentos.

Intento entonces buscar un sentido de imprecisión, dentro de la estructura del mito de Narciso, para permitir –tal vez- que se creen otras estructuras y/o lecturas acerca de la historia; que sea quizá en los intersticios de la escena, en donde el espectador pueda encontrar un otro discurso, otra forma que ni siquiera sea necesariamente lineal, narrativa.

Tal vez en esa hendidura que se forme, empiece a relacionarme –como intérprete y como espectador- de una manera distinta a la establecida: a través del raciocinio.

"NARCISO" es un trabajo escénico comisionado por el Festival de Arte Contemporáneo "NO MÁS LUNA EN EL AGUA".
La primera función será el Domingo 13 de marzo a las 18h00, y la segunda función el Domingo 3 de abril, a las 18h00. Ambas en la Asociación Humboldt de Quito.

La obra está dirigida por Ernesto Ortiz y cuenta con la participación de Denisee Neira, Esteban Donoso, Fernanda García, Gabriela Pallares, Jessica Saltos, Natalia Buñay, Viviana Sánchez, Carolina Váscones, Victoria Beltrán y Ernesto Ortiz.

"NARCISO" es una investigación acerca de las lógicas del mito, relacionadas con la narrativa, la estructura y la fragmentación escénicas

domingo 17 de octubre de 2010

así que ella...

Él, al otro lado de la mesa, parlotea, gesticula, suspira, sonríe y vuelve a parlotear. Él, perdido en el marasmo inútil de los recuerdos, intenta reconstruir una historia, una idea, una emoción -traspapeladas ya para siempre- con el único propósito de conseguir que ella siga escuchando.
Así que ella, conmovida un poco por ese loco afán que tiene él de no perder su atención, de parecerle alguien con algo para contar, alguien que amén de buenas maneras, parezca articulado y elocuente, sonríe y asiente. Ella sonríe y escucha devotamente, esperanzada en que su devoción al oírle divagar le devuelva algo de calma y le obligue a callarse.
Él confunde las personas, los detalles y los lugares. Hay dos o tres pedazos de la historia que podrían hilarse de alguna manera. El resto es solo un tumulto de imágenes, atmósferas y chasquidos de la memoria que brotan de su boca, desarrapados, inermes, fortuitos.
Así que ella, muerta de la tristeza y de la compasión le toma de las manos, cierra dulcemente los ojos y le pide que se calle.

martes 28 de septiembre de 2010

Media cara

De los dos espejos que cuelgan en la pared de la habitación, prefiere el que parece más viejo y benévolo. Debe indiscutiblemente ser el más viejo: las aristas brillantes y pulidas de cobre repujado que son el marco del otro espejo hacen que su filo de madera sin brillo, y con pequeñas manchas oscuras, se sienta familiar y amable, casi maternal.
Así que decide mirarse en él. Lo que ve es el reflejo de una mirada atónita, con más años que los reconocidos, con más dudas que las permitidas. Eso le gusta. No hay ninguna lógica ni ninguna consecuencia en lo que ve.
Afuera, la luz del día se acaba. Empiezan a bajar las sombras baladíes del atardecer, y algunos pájaros estúpidos le pían a este amanecer travestido. El humo de los buses sube por encima de los tejados. Las rodillas de los viejos empiezan a doler.
Se cubre un ojo con la palma de la mano. Alcanza a ver media cara que se vuelve pedazos de formas ensombrecidas. Intenta una sonrisa, le duelen las comisuras de los labios y desiste de la idea. Decide no encender la luz. Cierra la cortina y la habitación se sume en contornos de silencio y espacios de luz anémica, empobrecida, decadente.
Se acuesta, sin dejar de cubrir la mitad de la cara con una mano. Resuelve que mañana, bien temprano, descolgará ambos espejos y los echará a la basura.

domingo 19 de septiembre de 2010

Lo último que alcanza a ver

La banderilla roja del anuncio de la barbería, junto al semáforo, es lo último que alcanza a ver. Dos segundos antes –tal vez haya sido solo uno- pensaba en que una buena afeitada tradicional: toalla hirviendo, crema batida, brocha y cuchilla afilada en cuero, le vendría bien. Le haría sentirse limpio, fresco, quizá más joven. Y que quizá esa sensación fresca, andrógina, le abrazaría el resto del cuerpo.
Pero ahora no logra ver nada claramente. Pasan frente a sus ojos, en una insonora banda de imágenes, un banco de cuchillas de vidrio, una rueda de volante negra, metros y metros de asfalto, una gran bolsa blanca de aire. En esa fracción absurda y maravillosa del tiempo, en la que todo es posible: la vida, la muerte, el amor, la nada y el paraíso, se pregunta una y otra vez cómo es que la luz pinta de colores los trocitos de vidrio que se le incrustan, dulces y decididos, en las pupilas.
En esa fracción absurda y maravillosa del tiempo, recuerda la última línea de su carta astral: “Tercera edad larga, pacífica, acompañada”, y sonríe. Sonríe ante la oscuridad que se cierra sobre su cabeza.

miércoles 1 de septiembre de 2010

Se muere del miedo

Las voces del patio se van silenciando. Supone que eran niños. O adultos en actos delictivos. Supone que huyeron despacio, de puntillas, para dejar tras de si las evidencias de la felonía.
Ahora solo se escucha el agua de la manguera corriendo. Un chorro suave, calentito, que brota del borde de bronce y se expande sobre el pasto, empapando la tierra, despertando el olor maravilloso del lodo.
Quisiera bajar los cuatro pisos, rodear el edificio y acostarse junto al chorro de agua, suave, calentito, para sentir en la nariz la tierra mojada y la calma del agua. Se imagina quedarse ahí, sobre el pasto, hasta el día siguiente, mirando el cielo, el pedazo de cielo negro que aparece entre los tres edificios que crecen infinitos sobre la noche. Pero se muere del miedo. Se muere del miedo.

domingo 22 de agosto de 2010

dumar

La piel de Dumar es blanca, amplia y acolchada. Blanca como una pared de hospital recién pintada. Amplia como una sabana virgen. Acolchada como un flan de coco. En los pequeños intersticios de su piel, esas hendijas que se forman cuando sonríe, cuando parece decir “no sé”, o como cuando se agacha para amarrar los cordones de sus zapatos, me imagino que debe correr un tenue y dulce olor a almendras.

En el silencio oscuro de la habitación -que crece desmesuradamente por el sigilo de sus labios y la calma de su pensamiento-, lo níveo de su cuerpo puede llegar a tener destellos pequeños e intermitentes. El ritmo lento y profundo de sus movimientos, su humanidad gigante y generosa recuerda a un elefante viejo y perdido de su manada; evoca un tiempo en el que los relojes no se habían inventado y en el que el cielo se cerraba pertinaz sobre la Tierra.

Cuando decide ir al baño, lavarse las manos y volver a meterse en la cama; todo a su alrededor parece empequeñecerse y titilar débilmente; como si las duelas, los cuadros, las chapas de las puertas temblaran ante un viento poderoso y amable.

Al verle regresar, una sombra grande crece sobre la cama, como un eclipse solar atávico y solemne. La ensoñación vence ya y saltan sobre mí miles de liliputienses que me someten contra el colchón, con largos y delgadísimos hilos de viento. Yo, perdido sin tregua, horrorizado por la oscuridad que trepa inclemente sobre la cama y lo engulle todo, empiezo a reír de mi suerte, a succionar el poco aire que queda disponible en la habitación, espantado ante el terremoto gentil de sus pisadas.

Bajo mis párpados cerrados, se traza una línea azul y delgada que me señala la división entre la nieve de su piel y la melaza de mi carne; entre este violento deseo que tengo por devorar los débiles vellos que cubren su cuello y la paz única que me otorgan la soledad y su ausencia. Sin embargo, el rumor de las sábanas que intentan cubrirlo, borra cualquier resquicio de cordura.

Este gran artefacto humano, esta mole de bondad, dulzura y silencio, blanca y cansada, empieza a entrar en la cama. En un intento inútil por aparejar su peso y el quejido de las tablas y los goznes, Dumar revuelve lenta y metódicamente las puntas de tela que escapan victoriosas a su piel, a su magnificencia. Revuelve también con ellas, en un espiral melifluo y anodino, el desorden de su pensamiento: la gigantesca sala de espera en la que conviven condóminos sus recuerdos, sus deseos y sus miedos para, de un zarpazo inequívoco, mandar por los aires el ejército de enanos que me aprisionaron y emprendían el ataque contra él.

Yo decido abrir los ojos y confundir la realidad con el ensueño. De nada me ha servido parapetarme en la delgada piel de mis párpados; la gran mancha de oscuridad y frío tibio que Dumar ha instalado en la cama es tan grande y maravillosa que en ella todo miedo es certeza y todo principio es remate.