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domingo, 15 de julio de 2007

bibilos

Perro sueño él,
sin carne ni sangre
sentado sobre mis pies.
Lo golpeé sin piedad,
hasta lamer su pena,
hasta rodar otra vez
por entre mis ansias y sus ganas.
lo golpeé y abrió los brazos
esperando la estocada final
o el color de mi mano.
Lo golpeé y, sin sorpresa ni sonido,
empezó a desvanecerse,
a elevarse tiernamente,
como un helicóptero en llamas.

suaves pedazos de humo

Una tijera despeluca mi pecho,
lo vuelve árido y agrietado;
pasan las gaviotas
inertes en sus alas,
desatadas en sus ojos,
volando a ras de mis narices,
cepillando mis párpados,
besando mi frente.
Las pocas gotas de agua
que sueltan las nubes
regresan a ellas,
casi al llegar a mi boca.
Mi lengua las extraña
y les grita amores,
pero cuando me escuchan,
se deshacen en suaves pedazos de humo.
Pequeño, las palabras de hoy
son el silencio de mañana.
De espaldas sigo esperando,
un aro de sal dejo caer de mis dedos
un aro de sal y trigo seco
que abraza el viento despacio
y lo comprime contra mis muslos.
Ya no hay tiempo de espera
la vida se ha puesto oscura y
ni siquiera el olor de la muerte me seduce ya.
Una tijera recorta el color de mis venas,
cuánta espera en estos brazos,
cuánto abrigo en este vientre,
cuánto frío en esta espalda.

sarejo

Los pájaros del silencio
llegaron el jueves por la tarde.
Planearon lentamente sobre los techos
de las casas y escupieron
una seda azul que envolvió
las ventanas y las puertas,
sofocando el aire que se respiraba
en los interiores.
Los primeros en callar fueron los relojes.
Los siguieron las radios y las fuentes.
Ya en la noche, todos no podían
ni querían articular palabra;
era como si el azul de la seda
se hubiera escurrido
hasta lo más recóndito de las gargantas.

3 disparos en el pecho

Dejar de correr.
Dejar de mirar hacia atrás
y soltar tres disparos en su pecho.
Dejar que el olor de la pólvora
se esparza sobre la camisa
y lo cubra con un silencio
moteado de orgullo.
Empezar a caminar
otra vez, sin devolver
la mirada ni suspirar,
con pies de plomo y una
sonrisa en la espalda.
Pensar en su cara, toda cubierta
de sangre y de paz,
imaginar que Magdalena me
regala sus manos y sus óleos
para lavarla entera
y redimirla del miedo.
Encontrar entonces otra vez
su boca de grillo, sus cejas de cielo,
su frente estrecha
y besarlo despacio,
como a un huérfano.
Pedirle perdón
por el desorden y levantarlo
con ambas manos.
Ayudarle a caminar, a recobrar
el paso y sostenerlo por la cintura,
avanzando a sus fuerzas.
Conversar un poco del tiempo,
del color de las luciérnagas que
han empezado a seguirnos,
recordarle cuánto lo amo y
pagarle con monedas
por su tiempo.
Ponerle una zancadilla,
verlo caer como un fardo
y golpear el suelo
en seco.
Patearle la cabeza
tres veces, arrodillarme y
abofetearlo tres más.
Rastrillar el arma
y dispararle tres más,
por entre la sal de las lágrimas.
Besarlo, besarlo, besarlo
por última y maldita vez.